Fastidiado y despechado, por un momento vuelvo la mirada con avidez desértica hacia las caderas mórbidas de una distraída transeúnte en la acera contraria tratando de adivinar el secreto de sus huesos, pero siempre me parecieron más deseables las tuyas. He llegado a casa; me dejas pasar primero y luego cierras delicadamente nuestra puerta; te acercas sugestiva a mi lado como solías hacerlo, te inclinas sobre mi rostro sonriente y seductora, segura de tu poder. Yo miro estoicamente un punto indefinido del techo y tú te me acurrucas en el pecho tal como lo haría un gato lambiscón. Me quedo dormido intranquilo hasta que el fastidio del día siguiente interrumpe una vez más nuestros secretos encuentros. No he podido liberarme de tu recuerdo. Como buen hombre reconozco que te amé de más y que aunque no quiera reconocerlo por orgullo, te necesito más que cuando te perdí.
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